Vivir es apropiarse del momento: del presente irrepetible y eterno.
La relación con nuestro cuerpo es el vehículo al verdadero “aquí” y el único “ahora”.
Experimentar nuestro cuerpo y todo aquello que le compete también es una protesta a los sentimientos a medias,
a la incapacidad para lo auténtico y honesto: a la apatía infértil, a las tristezas vacías.
Nos apropiamos de nosotros mismos cuando elegimos amar, renunciar a lo falso y reconocerte a ti,
reconocer a los demás: encontrar el vínculo que nos une a todos: la misma piel, la misma vida caduca y espléndida.
Portar tu cuerpo es, pues, saberte único, saberte merecedor: vestir tu piel verdadera, la única que importa.
Todos somos malas hierbas, en medida que huimos de todo aquello que nos han dicho somos:
disidentes de sistemas caducos que incitan a la desfragmentación, y a desconectarnos de nosotros mismos y los demás.
Somos malas hierbas porque resistimos y crecemos tanto en lo infértil como en lo verdadero,
porque en vez de sobrevivir, decidimos sólo ser.
Porque hemos elegido la vida, reclamar el poder de nuestra esencia y de nuestro cuerpo.
Feroz pero tierna, la mala hierba se reconoce a sí misma como real, como única, como necesaria.
Y entonces florece, se expande, y se olvida de toda etiqueta, todo pasado y de toda identidad.